defiende el enfoque de género

El venado, el venado

Publicado: 2009-06-03

¿Qué pensarías si te enteras de que tu mejor amigo tiene una enamorada que le ha sacado la vuelta cuatro veces, que él lo sabe pero sigue con ella? Más aún, ¿qué harías si además descubrieras que esa chica ha hecho lo mismo con todos sus enamorados anteriores?  Pero no solo eso, ¿qué cara pondrías si caes en cuenta de que tu pata siempre supo el prontuario completo de la susodicha pero igual decidió salir con ella?

Sin exagerar, seguramente llegarías a la conclusión de que tu pata  es un lornasa, un venado que tiene serios problemas de autoestima, terror a la soledad, y que está convencido de que no se merece a una chica mejor. Obviamente no te quedaría más que recomendarle que se busque un psicoloco que lo ayude a recuperar o construir su identidad.

Pues bueno, exactamente eso es lo que sucede entre Doe Run, la empresa estadounidense a cargo de la refinería de La Oroya, y el Estado peruano. Claro, lo triste, como en otros tantos casos, es que el Estado es el enamorado cornudo y Doe Run es la novia pendejerete y caprichosa, que le puede sacar la vuelta cuantas veces le provoque porque sabe que siempre tendrá una nueva oportunidad.

Claro, en el caso de nuestro amigo de la historia, la otra posibilidad es que no sea tonto, y antes que ciego, esté enceguecido de tanta miel que recibe en la cama. Ustedes entienden. Mermelada de plomo de por medio, hay políticos y funcionarios que prefieren no darse por enterado. Pero pequemos de ingenuos, y para fines prácticos, continuemos con la filosofía del novio venado.

Doe Run es probablemente la empresa que se ha burlado con mayor descaro de tres gobiernos consecutivos, del Estado y ha terminado depositando en la sangre de los niños de La Oroya los niveles más altos de plomo en el mundo entero. A pesar de que en el año 2006 quedó demostrado que la matriz de Doe Run en EE.UU. había conseguido sacar de su operación de Perú centenares de millones de dólares para después argumentar que tenía problemas financieros que le impedían asumir (por tercera vez) su Programa de Adecuación al Medio Ambiente; y a pesar de que en el Ministerio de Energía y Minas contaban con toda la documentación que demostraba cómo el dueño de Doe Run había operado de manera similar en diferentes países, el gobierno de Alejandro Toledo decidió increíblemente darle una oportunidad más, y para colmo fue  apoyado por los principales medios  de comunicación, algunos de los cuales recibieron publicidad de Doe Run en las siguientes semanas. Pero no solo hubo en ese momento un interés económico en el apoyo, sino, y esto tal vez es lo más lamentable, un genuino convencimiento de algunos de que a pesar de todo lo antes dicho, esta impresentable empresa era la mejor opción.

¿Por qué el Estado permite una situación que le es a todas luces desfavorable? ¿Por qué, cual enamorado cornudo y masoquista, se deja engañar abiertamente y cuida una relación que solo le trae pérdidas y desgracias? Si descartamos que haya habido  mermelada de por medio, este comportamiento casi servil es consecuencia de una combinación de ese fantasma que cree que cualquier viso de control del Estado puede espantar la inversión privada; y de un Estado temeroso que se siente incapaz de hacer valer los derechos de los ciudadanos a los cuales representa. Ambos están retroalimentados. Los liberales deformados de nuestro país (que lamentablemente son la mayoría) se han encargado de difundir el terror del populismo para asustarnos cada vez que el Estado quiere hacer valer sus derechos; y este a la vez, como ha sido destruido casi totalmente por cuanto gobierno ha pasado con sus diferentes ideologías, es incapaz de plantarse y no dejarse amedrentar.

Hoy este gobierno y algunas empresas mineras se encuentran buscando una nueva salida para Doe Run, porque, como era evidente hace ya demasiado tiempo, la novia melindrosa les volvió a fallar. Sin embargo, aún se percibe cierto temor de tomar el toro por las astas (seguimos hablando de cachos) y afrontar el problema como corresponde. En lugar de eso, se engañan a sí mismos creyendo que esta vez será distinto y que la empresa podría asumir, por fin, un compromiso serio.

La vida, sin embargo, ha demostrado que las novias infieles son como las gallinas que comen huevo: no se les quita la costumbre ni aunque les quemen el pico. Doe Run no va a cambiar y por eso se  tiene que ir, y el Estado (y las empresas privadas del sector si lo desean) tienen que asumir el costo que ello implique. Caballero no más, nos pusieron los cuernos, y con roche.


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derompeyraja

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